Caminábamos por Estambul el día antes de volver y yo divagaba en alto y me / te preguntaba cómo es posible que haya ciudades, cuyas aceras se han comido las suelas de nuestros zapatos, que, sin embargo, no dejamos de transitar sin aburrirnos, sin encontrar siempre en ellas algo nuevo que contemplar con los ojos abiertos, mientras otras ciudades, que apenas hemos transitado durante cinco o seis días, parecen agotarse.
Las primeras son hogares, con todas las connotaciones que la palabra "hogar" tiene, entre otras ese sentido de "permanencia" y "refugio".
Las segundas son estaciones o aeropuertos, interesantes solo durante un tiempo.
Madrid sigue arrojándome mil cosas interesantes a cada paso, igual que yo sigo sin acostumbrarme a echarte (tanto) de menos.
la cabeza en las nubes, los pies aún en la tierra
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«El valle es de oro amargo
y el trago es largo... largo...»
*César Vallejo*
De repente comprendo que sólo sé escribir arterias con maneras de cordones
d...
Hace 1 semana
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